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Domingo II de Cuaresma

1 marzo 2015

 

Evangelio de Marcos 9, 2-10

 

         En aquel tiempo Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

         Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:

         ¾ Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

         Estaban asustados y no sabía lo que decía.

         Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:

         ¾ Este es mi Hijo amado; escuchadlo.

         De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.

         Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

         Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.

 

******

 

TRASCENDER EL PERSONALISMO

 

         El término “trans-figuración” alude a aquello que está “más allá de” la figura, más allá de la forma, más allá incluso de la “persona”.

 

         En lo que ha sido el proceso de evolución de la consciencia y, dentro de ella, de la especie humana, la “personalización” constituyó un momento decisivo: con el auge del estadio racional, el “yo personal” fue ocupando el centro de toda la escena, hasta el punto de que parecía no existir otro valor superior por encima de la “persona”.

 

         El llamado “personalismo”, tanto en el campo filosófico como en el teológico, trató de resaltar y fundamentar los valores que se derivaban de esa nueva comprensión, con todas sus implicaciones éticas.

 

         En el terreno religioso, como era de esperar, la divinidad fue también “personalizada”, hasta el punto de que, todavía hoy, muchas personas religiosas se incomodan o protestan airadamente cuando se pone en cuestión el carácter “personal” de Dios. Para no pocos teólogos, incluso entre aquellos que más han contribuido al progreso de la teología, la idea de un Dios “personal” constituye un límite infranqueable.

 

         ¿Qué decir de todo ello? La reconocida estudiosa de las religiones, Karen Armstrong, ha escrito lo siguiente: “El Dios personal refleja una intuición religiosa importante: que los valores supremos no son más que valores humanos… El personalismo ha sido un estadio importante y –para muchos- indispensable de la evolución religiosa y moral”. Ahora bien, “un Dios personal se puede convertir en una carga pesada. Puede ser un simple ídolo esculpido a nuestra propia imagen, una proyección de nuestras necesidades, temores y deseos… Un Dios personal puede resultar peligroso”.

 

         En un sentido más amplio, podría afirmarse que, aun reconociendo el importante papel que ha desempeñado el “personalismo” en el proceso de evolución de la consciencia, la mera pretensión de absolutizarlo revela ignorancia.

 

Porque la “persona” es solo una forma que toma la Consciencia. Y la identificación con ella nos reduce a lo que no somos, encerrándonos en el engaño más radical, que consiste en creernos seres separados circunscritos al cuerpo y a la mente. La realidad es que no hay “personas” –en cuanto seres separados y supuestamente autónomos-, sino solo Consciencia que actúa. Por ello, el “personalismo” empieza a ser trascendido (superado) en la consciencia transpersonal, en todos los campos antes mencionados. Como indica su propia etimología (prosopon = máscara), la “persona” es solo un “papel” que adopta la Consciencia en este escenario de formas.

 

Las implicaciones religiosas parecen claras: si nuestra identidad no es la “persona” que nuestra mente piensa, sino que eso es solo una “máscara” de lo que somos, ¿cómo nos atrevemos a afirmar que lo más elevado que se puede decir acerca de Dios es que sea “persona”?

 

No niego que una persona pueda vivir una relación “personal” con Dios (de un “yo” a un “tú”), pero desde la lucidez de no absolutizarla. En esta forma, somos seres relacionales, pero sería importante no olvidar nuestra identidad última.

 

Desde este punto de vista, el relato llamado de la “transfiguración” vendría a decirnos que las cosas no son lo que parecen, y que nosotros mismos no nos reducimos a la “apariencia” (“persona”) que nuestros sentidos y nuestra mente perciben. Enrique Martínez

 

 

 

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