Imagen DEL DOMINICO QUE MATÓ AL REY ENRIQUE III DE FRANCIA

Sí señor, porque una orden tan antigua como la fundada por el gran español Santo Domingo de Guzmán que es de las que más santos ha aportado al santoral, también ha aportado otros personajes singulares como el que glosamos hoy, el francés Jacques Clement.


 
            Jacques Clement nace en Sorbon, en el departamento de las Ardennes, en el año 1567. Tras servir en el ejército, decide ingresar en el convento dominico de Jacobins de Sens, en París. Apasionado partidario de la Liga Católica en la llamada Guerra de los Tres Enriques que enfrenta a Enrique III, Enrique de Navarra y Enrique de Guisa, candidato católico apoyado por Felipe II de España, tras el asesinato de éste último y de su hermano en Blois en 1588, se entrega apasionadamente a la tarea de acabar con la vida del monarca reinante Enrique III, al que acusa de filoprotestante.


 
            Se discute mucho sobre los apoyos con los que contó, que podrían ir desde el prior del convento dominico Bourgoing, hasta el mismísimo Cardenal de Mayenne y su hermana, la Duquesa de Montpensier.


 
            Como quiera que sea, el 1 de agosto de 1589, con apenas veintiún años de edad, acompañado de Jacques de La Guesle, procurador general del parlamento de Paris, el fraile es admitido en Saint Cloud, donde se halla su cuartel general en su ataque sobre París, a la presencia del Rey en calidad de portador de una importante misiva para el monarca. Y mientras Enrique leía la carta, Clement se abalanzó sobre él y lo apuñaló. El rey aún acierta a lanzarle el puñal que le había clavado, exclamando a los gritos “maldito monje, me has matado”.


 
            Los gritos del rey advierten a la guardia de los Cuarenta y Cinco, que sobre la marcha, abate a espada al fraile, descuartizando y quemando su cuerpo a continuación, mientras el rey aún le sobrevivía un día, tiempo suficiente para elegir sucesor en la persona de Enrique IV, rey de Navarra, primer Borbón en el trono francés. Rey que, por cierto, también morirá de manera violenta apenas veinte años después, el 14 de mayo de 1610, a manos de otro católico anti-hugonote, François Ravaillac en este caso, quien sufrirá una terrible condena a muerte, siendo quemado con hierros al rojo, mientras la mano ejecutora del crimen le era quemada con plomo derretido, aceite hirviendo y resina ardiente, para atado a cuatro caballos ser desmembrado, y su cuerpo y miembros reducidos a cenizas. Todo ello no sin haber sufrido tortura durante varios días en la Conciergerie de Paris para intentar que delatara a sus posibles cómplices, sin conseguir sacarle nada.
 


            En cuanto a nuestro fraile dominico, parece que el Papa Sixto V incluso habría sopesado la posibilidad de canonizarlo, y en todo caso fue héroe y modelo de otros que tomaron ejemplo de él, cómo notablemente Jean Châtel, asesino frustrado de Enrique IV, a quien apenas acierta a herir en el labio, y el propio Ravaillac. L,A,

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