Imagen VIERNES SANTO: ENCUENTRO DE REFLEXIÓN

JESÚS COMPARTE NUESTRO DOLOR Y EL DE NUESTRO PUEBLO

 

“Ahora llega para mi siervo la hora del éxito;

será exaltado, puesto en lo más alto.

Así como muchos quedaron espantados al verlo,

pues estaba tan desfigurado,

que ya no parecía un ser humano.”

(Is. 52,13-14).

 

            El día Viernes Santo, Jesús inicia el desenlace del anuncio del Reino de su Padre. Lo ha estado anunciando a Israel, con signos y enseñanzas, lo ha asumido y experimentado por él y todos los que lo seguían y admiraban. Pero es en esta Pascua que el cumplimiento de la Antigua Alianza llega a su perfección en otra nueva, cuyo cordero pascual se prefigura en la imagen del siervo doliente descrita por el profeta Isaías.

 

            Israel ya está dividido entre los que creen en las palabras de Jesús y quienes padecen los inconvenientes de un Mesías servidor. Jesús ha experimentado toda su vida las bienaventuranzas, las ha vivido intensamente y concretado en cada instante. Se ha hecho servidor y maestro de multitudes en nombre de su Padre quien busca nuestro encuentro.

 

            Jesús ha pasado la Pascua con sus discípulos y ha compartido su vida en torno a la mesa, en la eucaristía. Pedro sabe que Jesús es el  Mesías y, pese a su lucha interna, se ha dejado lavar los pies por su propio Señor. Tal vez, como Pedro, deberíamos comprender que es Dios quien viene y se acerca porque quiere nuestra felicidad, porque no es indiferente a nuestro destino. Jesús no hace gala de su condición de Dios, sino de su condición de hombre fiel al amor de su Padre, por eso, Jesús acoge al ignorante, al marginal, a las mujeres, a los niños, a todos los privados de sentido y ternura vital, actitudes para las que fuimos creados y muchas veces en forma individual y social son negadas o simplemente desestimadas.

 

            Jesús comparte nuestra vida y nuestra historia. Su proyecto ha sido reconciliarnos con su Padre. Ese es el camino de las bienaventuranzas: ser hijos de Dios. Ellas son un reflejo limpio de esta filiación; transitarlas es una exigencia de nuestro ser para vivir hoy y comportarnos según esta identidad de Hijos que nos da la vida en el Espíritu.

 

            Jesús es el bienaventurado en quien tocamos al ser humano hecho a imagen y semejanza de su creador. Pero es nuestra mirada la distorsionada, son las miopías de quienes tienen a Jesús en frente y son incapaces de reconocer al mismo Hijo de Dios. Esas son también nuestras cegueras. Nuestra vida es cuesta arriba.

 

No es fácil acarrear nuestros errores, ignorancias, desesperanzas, y carencias, especialmente en la convivencia con el mundo. Por eso, ahora, al mirar a Jesús en su entrega sabemos que lo hace en libertad. Él es bueno, compasivo, misericordioso. En su intimidad, Jesús es incapaz de traicionar a su Padre o a sí mismo. Prefiere llevar su opción por el Reino hasta las últimas consecuencias, sin desdecirse de ninguno de sus días, porque eso significaría desdecirse de su Padre. El no es un fraude, ha venido a darnos vida y en abundancia. Sabe que la necesitamos, y está compartiendo la zozobra ante la violencia descomunal que impregna las estructuras sociales, económicas y políticas, que nuestro continente conoce bien. Muchas veces, aceptamos, reforzamos o repetimos este daño en el núcleo personal, familiar y hasta comunitario. Esta es una constante en nuestra vida y si miras bien verás que es Jesús quien la sobrelleva toda su vida: nace y cae sobre él la amenaza de muerte, crece como cualquier otro niño de Israel con un entorno represivo y doloroso, luego, trabaja, y además, descubre en carne propia la tentación de abandonarse a otras manos que no son las su Padre, por eso comprende a los heridos y maltratados de su tiempo, y goza intensamente con el arrepentimiento sincero. Jesús es hijo de Dios Altísimo, y ha escogido solidarizar con nosotros desde nuestras situaciones y conflictos y dejándose traspasar por la muerte.


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