Imagen EGO Y VIDA

Domingo XXII Tiempo Ordinario

31 agosto 2014

 

Evangelio de Mateo 16, 21-27

 

         Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

         Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

         —  ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

         Jesús se volvió y dijo a Pedro:

         — Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

         Entonces dijo a los discípulos:

         — El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

 

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EGO Y VIDA

 

         El ego tiene una mirada miope e interesada y se rige por la ley del apego (a lo que le gusta) y de la aversión (hacia lo que no le gusta). Como resultado de ello, nos encierra en una jaula estrecha que, antes o después, se manifiesta como un laberinto de sufrimiento, del que –por más trabajo psicológico que realicemos- resulta imposible salir mientras permanezca la identificación con él.  

 

         Las crisis –los contratiempos de todo tipo-, que frustran al ego, suelen ser mensajeros, a través de los cuales, la Vida busca enseñarnos la sabiduría que nos permita salir de aquella jaula.

 

         Al sentirse frustrado, el ego puede “rebotar” y acomodarse de nuevo, alimentándose de compensaciones y expectativas. Pero no será raro que llegue a un punto en que se encuentre sin salida. Es precisamente entonces –la mente piensa que se derrumba todo- cuando puede producirse la oportunidad de un cuestionamiento mayor, que haga ver la inconsistencia del ego, así como sus modos de funcionamiento.

 

         Si eso ocurre, empieza a cesar la identificación con el ego, se hace posible salir de su jaula y aquella mirada miope e interesada empieza a ampliarse: el centro de interés se ha desplazado hacia la Vida, como aquella identidad que todos compartimos. Y es precisamente ahí donde es posible la libertad y la liberación del sufrimiento. La crisis ha cumplido su papel y no nos quedará sino gratitud por todo lo vivido.

 

         Esta lectura, realizada desde la psicología transpersonal y el modelo no-dual, es totalmente coherente con las sabias palabras de Jesús que leemos en el texto que da pie a este comentario.

 

          Tras la bienintencionada, aunque totalmente equivocada reacción de Pedro –es la reacción característica del ego: rechazar siempre lo que él considera “malo”-, Jesús responde con firmeza: ese modo de pensar no es de Dios, es decir, no se corresponde con nuestra verdadera identidad. Al contrario, tal reacción, por más que a nuestra mente le parezca la mejor, se convierte para nosotros en “Satanás” (= adversario), en un tropiezo que nos impide avanzar en la dirección adecuada.

 

         Esto no significa que Jesús haya tomado un camino dolorista, en el que se valora el dolor por sí mismo. En absoluto. Jesús vive en la sabiduría de donde brota la fidelidad. No vive para el ego que busca siempre su interés y comodidad, sino que está anclado en aquella identidad profunda, en la que se permite que la Vida fluya a través de nosotros, en una actitud de aceptación o de rendición sabia. Y así es como lo explica en las palabras que añade a continuación.

 

         El que quiere salvar su ego, pierde la Vida. Porque se encierra en aquella estrecha jaula de que hablaba más arriba y se introduce en un laberinto de inevitable sufrimiento y, en último término, de vacío y sinsentido. Una existencia egocentrada, aunque aparentemente satisfactoria para el ego (incluso hasta “ganar el mundo entero”), no puede evitar una sensación de profunda insatisfacción.

 

       Por el contrario, al descubrir la trampa de ese encierro reductor, al dejar de identificarnos con el ego, lo primero que experimentamos es una sensación de Amplitud, donde sentimos que nuestro corazón se ensancha y descubrimos que el horizonte es en realidad infinito.

 

         En personas que inician un camino espiritual, me es dado ser testigo de esa sensación de amplitud que descubren y disfrutan, como germen de transformación.

 

         Si quieres hacer “operativa” la palabra de Jesús, puedes probar algo así: no te reduzcas a tu personalidad –la “persona” es solo la máscara- o yo psicológico. Tienes un psiquismo –igual que tienes un cuerpo- al que cuidar, pero tu identidad no es esa. Eres Vida, la Vida única, que en ti ha tomado transitoriamente esta forma. Deja caer todos los pensamientos, para que puedas ver el engaño que supone identificarnos con la mente. Nota la pura y desnuda consciencia de ser, hasta reconocerte en ella. Al haber “perdido” el ego (la identificación con la mente), has encontrado la Vida. Enrique Martínez

        

 

 

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