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EL ESPÍRITU ABRE CAMINOS

16 mayo, 2024

Cristo se hace hoy presente por el Espíritu. De modo que el Espíritu no es una compensación por la ausencia de Cristo, sino el modo como Cristo se hace hoy presente. Gracias al Espíritu continúa la actividad salvífica de Cristo. Gracias al Espíritu las palabras de Cristo se hacen nuevas, actualiza­das, presentes: “recibirá de lo mío y os lo comunicará”. Pero abriéndonos al futuro. Cierto que Cristo siempre es el mismo, pero no lo es de la misma manera. El Espíritu es el que hace po­sibles esas nuevas maneras, pues anun­cia e interpreta lo que ha de venir, es decir, hace nuevas las palabras de Cristo (Jn 16,12-15).

El Espíritu siempre toma de lo de Cristo (Jn 16,14), pero no queda atado a un pasado arqueológico, tiene capacidad de ir más allá: «el que crea en mi, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún». La razón de este hacer obras mayores es: «porque yo voy al Padre» (Jn 14,12); o sea, porque Jesús ya no estará en este mundo y aparecen nuevos tiempos, nuevas situa­ciones, siendo el Espíritu quién nos conduce en «lo que ha de venir» (Jn 16,13). De este modo el Espíritu ilumina el futuro, nos conduce hacia el porvenir, abre caminos a la esperanza, sus­cita nuevas utopías, clarifica qué cosa es seguir a Jesús y qué cosa es arqueología.

El Concilio Vaticano II se ha mostrado sensible a esta ac­ción del Espíritu que abre caminos en la historia: «El Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiempos y re­nueva la faz de la tierra, no es ajeno a la evolu­ción histó­rica». El Espíritu «no sólo despierta el anhelo del siglo fu­turo, sino alienta, purifica y robustece también con ese deseo aquellos generosos propósitos con los que la familia hu­mana in­tenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin».

El Espíritu, teniendo en cuenta los nuevos tiempos y las necesidades nuevas que van surgiendo, pone en boca de los predi­cadores las palabras oportunas para que el Evangelio sea mejor comprendido y aceptado; mueve a hombres y mujeres, dentro y fuera de las Iglesias, en la creación de instituciones adecuadas para hacer operante el Evangelio, incluso aunque no pretendan referirse explícitamente a él: «tuve hambre y me disteis de co­mer… ¿Cuándo te vimos hambriento?… Cada vez que lo hicisteis con los pequeños» (Mt 25,35 ss). El Espíritu suscita profetas que disciernen la presencia de Dios en los acontecimientos y denuncian aquellas realidades que se oponen a la presencia del Reino. De este modo avanza la historia y se van elaborando pro­yectos de futuro. El Espíritu ilumina así el camino a seguir y proyecta hacia la plenitud por la que suspira la creación en­tera.

Martín Gelabert Ballester, OP

Fuente: nihilobstat